Vecino distante y distinto

Por: Fernando Viaña

Es el país más alargado del planeta. Por su ubicación es el más meridional de todos. Según algunos, bien podría considerarse como una isla rodeada por el macizo andino al este, la Antártida al sur, el Océano Pacífico al oeste y el desierto de Atacama al norte. Es Chile, y a sus hijos nadie los quiere en América del Sur. Cuando en el siglo XVI el rey de España distribuyó el territorio conquistado por Francisco Pizarro y sus socios, a los menos importantes les tocó ese pedazo de tierra, larga y pobre.

Con los años, los herederos de esos poco importantes recibieron varias oleadas de migrantes. Entre ellas, la alemana, la croata, la palestina, la vasca y la italiana. Los más afortunados se asentaron en el valle central y se dedicaron por generaciones a convertirlo en una tierra que produce las mejores frutas del subcontinente después de la Argentina. Los que se fueron más al sur se dedicaron a la crianza de ganado ovino, y lograron crear uno de los mejores del mundo. Otros chilenos, con el poquísimo espacio disponible, pero con mucha técnica y con muchísimo trabajo, crearon bosques de maderas finísimas. Son diferentes a los peruanos en muchísimas cosas, pero sobre todo en un dato inexplicable: Chile tiene el mayor número de enfermos de cálculos renales del mundo.

De otro lado, producen muy buenos vinos tintos y muy regulares vinos blancos. Y un asqueroso aguardiente al que le llaman pisco. A sus mujeres les anteponen el artículo antes de los nombres, son la Javiera, la Candelaria, la Manuela y así hasta el hartazgo, porque los chilenos jamás bautizan a sus niños con nombres extraños. Esa es cosa de peruanos y de venezolanos. Faltaba más.

En el pasado, cuando se dieron cuenta que vendiendo duraznos y piernas de cordero no iban a llegar muy lejos, los dueños del país decidieron robarse el litoral boliviano y todo el sur salitrero del Perú. Se metieron a nuestro territorio, luego nos declararon la guerra y posteriormente la ganaron. Nos invadieron, nos esclavizaron, nos robaron todo lo que quisieron y se quedaron con Arica y con Tarapacá. Y con la inocencia de muchísimas de nuestras abuelas. Y con los mejores libros de la Biblioteca Nacional.

Después, a pesar de descubrir gigantescos yacimientos de cobre en tierras que antes fueron ajenas, los chilenos entraron en un sendero de pobreza y de frustración. A mediados de los años sesenta, solamente exportaban vino, payasos y estriptiseras. En la siguiente década, los socialistas tomaron el poder en alianza con los comunistas y con los idiotas de centroizquierda; los militares los sacaron del poder a sangre y fuego; los militares los condujeron a un colapso económico y luego eliminaron ese problema. A costa de sacrificio, por cierto. Chile comenzó a crecer y sus súper ricos se hicieron más ricos. Como el mercado chileno es chiquito, decidieron colonizarnos comercialmente. Así llegaron Falabela, Ripley, Cencosud y París. Solo falta Hites para que todas las tiendas chilenas estén en nuestro país.

El otro día, cuando veía como golpeaban los futbolistas chilenos a los colombianos, como fauleaba Medel a los creativos de Colombia, me puse a pensar en los suboficiales chilenos ordenándoles a sus soldados que rematen a los nuestros en Arica, en Tarapacá, en Chorrillos y en Miraflores. Eso fue ayer, pero hasta ahora nos duele. Espero que en el futuro sepamos separar las cosas: los partidos de fútbol no deben de tener nada que ver con la política ni con el patrioterismo. Además, ahora hay muchas empresas peruanas que han comenzado a triunfar en Chile y en otros países. Eso es reciprocidad, y hay que alentarla.

Que gane el mejor. O sea, el Perú.

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