Pescado

Por: Joaquín Verduguillo

Años atrás, cuando era un joven editorialista recibí el encargo de hacer un artículo donde el diario pusiera sobre el tapete el bajísimo consumo de pescado en nuestro país. En esa época, los peruanos habíamos dejado de consumir carne, gallina y pescado, y estábamos enrolados en la tendencia mundial de consumir pollo, gastando miles de millones de dólares en importar los insumos para el ensamblaje de esa industria artificial. Hoy, como ayer, el gobierno ha iniciado una campaña para hacer crecer el consumo por cápita de pescado. Hoy, como ayer, la campaña fracasará.

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A fines del siglo XIX, el Japón decidió dejar atrás el feudalismo, industrializar el país y alimentar adecuadamente a su creciente población. Para ese fin, el naciente Ministerio de Planificación creó una serie de retos que tenían que cumplirse al pie de la letra. Comenzó la Revolución Meiji. Basándose en esa transformación pacífica, Japón dejó de importar carnes y se volcó al consumo de pescado; modificó sus religiones y las transformó en instrumentos de educación familiar, de mejores reglas de higiene y de nuevas normas de consumo: y, finalmente, financió una educación de alta calidad. Por eso hoy es el país que todos admiramos, a pesar de la crueldad de sus militares en los años treinta y cuarenta .

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Para quienes nunca hemos estado en su suelo, pero hemos leído sobre sus poetas, su saudade y su comida, sabemos que los portugueses fueron los primeros en dar la vuelta al mundo, los primeros en descubrir las especies orientales y llevarlas a su país y los mejores pescadores artesanales de Europa. Además de ser compatriotas de José Saramago, Cristiano Ronaldo y Fernando Pessoa, tres de los lusitanos más famosos que nacieron en el siglo pasado. Pero antes de ellos, desde la época de Vasco da Gama, los portugueses son famosos por preparar el bacalao de cien maneras diferentes.
Por eso, si Martín Vizcarra quiere que comamos más pescado, pues debe convencer al nuevo cardenal del Perú y al nuevo arzobispo de Lima para que les pidan a los feligreses que coman pescado seco salado por lo menos todos los viernes de invierno. Con ese solo gesto, el consumo per cápita se disparará, los armadores pesqueros invertirán más en nuevas naves, nuevas redes y nuevas tripulaciones. Así se relanzará la industria pesquera. Y comeremos cien nuevas comidas preparadas con tollo seco. Y otros pescados, por cierto.

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Por razones puramente prácticas, las religiones del desierto proscribieron el consumo de chancho: los judíos desde siempre, los musulmanes desde hace trece siglos. Unos y otros lo hicieron porque el cerdo y el hombre somos omnívoros, es decir, comemos de todo, vale decir, compartimos el mismo nicho ecológico. En la India, los practicantes del hinduismo no consumen carne de bovino, porque los toros y las vacas se encargan de comerse toda la maleza de todos los campos del inmenso subcontinente. Inventaron su sacralidad para ocultar que esos animales ocupan un nicho carroñero: limpian el hábitat de los humanos. En la China, donde hoy festejan el Año Nuevo, todos comen chancho y pollo y carne y perro y todo lo que camina, porque ningún animal compite con los humanos. Por eso, y por mucho más, come pescado desde Año Nuevo hasta Navidad. No te confundas, no es al revés.

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