La muerte de Alan García

Por: Fernando Viaña

Hace setenta y cinco días, pocas semanas antes de cumplir 70 años, Alan García Pérez cogió un revólver con la mano izquierda, agarró un crucifijo de madera con la diestra, se encomendó al Creador y se disparó en la cabeza para morir en segundos, en minutos, en horas. Nunca se sabrá.

Setenta y cinco días después de ese desenlace, mientras en el exterior hasta la revista The New Yorker se preocupa en desentrañar el porqué de esa trágica decisión, en nuestro país hay un manto de silencio sobre el particular. Los suyos callan porque no saben qué decir, sus enemigos quedaron espantados y hasta ahora siguen mudos. Ha habido uno que otro acercamiento a la tragedia, pero nadie ha querido remover las causas del suicidio.

Nadie ha querido imaginar a García en una celda del Fundo Barbadillo. Nadie ha querido especular sobre la prisión preventiva que lo habría conducido a la vecindad de Alberto Fujimori, el presidente detenido, juzgado, indultado y vuelto a encerrar a pedido del público, más bien de la opinión pública movida como títere por gran la prensa y las encuestadoras a la minuta. Encerrado hasta que muera como un perro porque Alan García y Ollanta Humala, juntos o por separado no se atrevieron a indultarlo. Así como Fujimori morirá en soledad a menos que una gigantesca coalición fujimorista se imponga a la antifujimorista y ponga a uno de los hijos de Alberto Fujimori en Palacio. Eso, por cierto, no sucederá jamás.

Como no sucederá nunca que una gigantesca coalición alanista coloque a uno de los hijos mayores del dos veces expresidente en ese Palacio. Por lo pronto, ninguno de esos hijos de García aspira a puesto político alguno. Y, peor que peor, de García solo quedan las cenizas.

Por eso, para entender la pasión y la muerte de García en la Semana Santa de este 2019 hay que entender que el expresidente sabía de qué tamaño es el odio nacional. Hasta qué volumen puede llegar cuando las pasiones, los intereses y las perversiones de los enemigos se juntan en un cóctel venenoso, corrosivo, purulento, insoportable. García sabía que una vez enmarrocado jamás volvería a ser libre. La prisión preventiva se alargaría por años, luego vendrían las acusaciones de genocidio, de narcotráfico, de lo que sus enemigos quisieran. La celda permanecería cerrada por siempre.

Pero probablemente García tuvo enormes esperanzas hasta que la Diviac llegó a su casa, porque sino es inexplicable que el día antes de su suicidio haya ido a curarse uno de sus molares en su dentista preferido.

One thought on “La muerte de Alan García

  • 2 julio, 2019 at 01:46
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    El Apra ahora esta sin rumbo. Ojalá logremos rescatarla, por el bien del Peru, porque sin un partido como el Apra, organizado y fuerte, la ola caviar en coalición con la derecha mercantilista y vendepatria, lograran hacer de nuestro país un lugar irrespirable.

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